EL BUFETE

DIMENSIÓN DE LA FIRMA DE ABOGADOS

 


LIC. MANUEL ARTURO MACHADO BÁEZ


 
Manuel Arturo nació en Santo Domingo el 15 de diciembre de 1870, hijo de José Joaquín Machado Peralta y María Bibiana González Santín. Estudió en el Seminario Conciliar, donde tuvo como maestros de humanidades, filosofía, teología y derecho canónico a Fernando Arturo de Meriño y Adolfo Alejandro Nouel. Se retiró al comprobar su falta de vocación para el estado eclesiástico.

Licenciado en Leyes por el Instituto Profesional, se dedicó también a la enseñanza. Fue profesor del  Colegio Central, del Instituto de Señoritas Salomé Ureña, Escuela Normal Superior, Seminario Conciliar y en la Universidad de Santo Domingo donde impartió cátedras de Derecho Penal, Civil, Internacional Público y Procedimiento Civil.  En esa academia tuvo como discípulo, precisamente, al padre de los Hernández Machado, José Enrique.

Fundó con  José Otero Nolasco y Andrés Julio Montolío la revista “El Lápiz”, en la cual colaboraban Gastón Deligne, Rafael J. Castillo, Fabio Fiallo, José Ramón López. Allí aparecieron sus primeros trabajos bajo el pseudónimo de “Cristián”. Empleó también el de “Vindex” en algunas de sus colaboraciones para “El Nuevo régimen”, “La cuna de América”, “Blanco y Negro”, “El tiempo”, “Renacimiento”, “Cosmopolita”. En Cuba se dio a conocer como literato y tribuno, mereciendo elocuentes elogios de los más reputados escritores de ese país.

“El Lápiz fue fundado por uno de los connotados intelectuales de la época, el fogoso  orador Manuel Arturo Machado. Esta  fue una  revista demasiado  atrevida en medio de una tiranía como la de  Ulises Heraaux y en ella colaboraron José Otero Nolasco y Andrés  Julio Montolio.”

El Dr. Machado se distinguió como escritor y Conferenciante de atildado y pulcro estilo. Su preparación y amplia cultura le permitieron abordar con acierto temas muy variados de jurisprudencia, historia, filología y crítica literaria.

Colaboró con el importante artículo “La Iglesia y el gobierno de los pueblos”, aparecido el 7 de marzo de 1899 en el periódico quincenal El Criterio Católico, fundado en Santo Domingo en 1898 por Manuel A. Machado, Pedro Spignolio, Andrés J. Montolío, quien sería su compañero en la Suprema Corte de Justicia nueve años más tarde, y el P. Rafael C. Castellanos, sostuvo en dicho artículo: “La íntima unión que ha existido siempre entre la Iglesia y el Gobierno de los pueblos prósperos es la demostración más innegable de su utilidad práctica. No dura tanto lo que no conviene”.

Casó con María Teresa Báez, madre de sus hijos Rosa Matilde, Ramón Arturo, Gloria Mercedes, Manuel Arturo hijo, Julio Alfredo, Dulce María Altagracia, Héctor Augusto y Gustavo Adolfo Machado Báez.

Entre sus obras publicadas están: La reincidencia y su penalidad (Tesis para la licenciatura en leyes); La cuestión fronteriza dominico-haitiana (dos impresiones); Prosas escogidas; Evolución del concepto penal y la Escuela Argentina (Disertación para el doctorado en Leyes); Discursos y monografías, donde aparece su “Elogio de la filosofía”. Lecciones de Derecho Romano. Un capítulo de historia documentada.

Dejó inéditos: Episodios nacionales. Estudios filológicos y gramaticales y varias conferencias y disertaciones. De los discursos, el más memorable fue el que pronunció en el Altar de la Patria durante la intervención norteamericana titulado “La libertad humana”. Una calle en Santo Domingo y un Liceo de Estudios Primarios en la Provincia de Dajabón llevan su nombre.

Por el primer cuarto del siglo, personas venidas a la capital y que tuvieron la suerte de formar parte del auditorio en la plaza pública o un centro cultural donde pronunciara una de sus oraciones Manuel Arturo Machado, retornaban a su lugar fascinados por la oratoria del literato, y sus elogios se quedaban en los oídos de las gentes moza de aficiones intelectuales o estudiantes ya entrados en los estudios secundarios. En éstos, por afinidad de simpatía y amor a lo propio, se conservaba el nombre del literato con la calidad de un tesoro, bueno para ser mostrado orgullosamente en cuantas ocasiones se hablaba de nuestros valores culturales. Algún buen señor de autoridad intelectual no dejaba de darle razón de ser a ese prestigioso, citando en sus escritos, tal vez un conferencia, a esa cumbre, entre otras más, de nuestra intelectualidad. Un espíritu libre, situado en ese círculo de sugestión, si leía una de las oraciones de Machado, se encontraba con unas páginas literarias, elaboradas cuidadosamente, persiguiendo la forma esmerada y descartando el fondo o conjunto de ideas y conceptos constitutivos del valor de un discurso.

Estaba al día sobre las últimas manifestaciones de la literatura en España. Poseía un poco de humanidades, el lado flaco del intelectual nativo. Lo estimable, culturalmente hablando, dejado tras de sí, fue su actividad de profesor, llevada a cabo con amor y entusiasmo. Premioso en el concebir y el producir; más, eso no es defecto, sino manera personal, hija de la constitución mental y el temperamento del ser. Contra eso tenía fuerza de concentración en el trabajo, aunque al parecer no resistía bastante prolongación. En él y en Arístides García Gómez ocurrió el mismo fenómeno. Esperaban producir algo valioso, digno de sobrevivirles y hasta concibieron una o más obras y comenzaron a crearlas, pero luego de los primeros pasos se quedaron ahí, y por alguna circunstancia de orden íntimo, espiritual, abandonaron lo proyectado y se volvieron al refugio de las lecturas.

Cuando conversé con Carlos Martínez Larré en el Ingenio las Pajas, la vez única que nos tratamos, la referencia a los intelectuales dominicanos trajo el recuerdo de Manuel Arturo Machado, a quien él conoció y observó de cerca, permitiéndole ello, por ser ya un joven bastante instruido, formular un acertado juicio acerca del intelectual. Mi respuesta a su apreciación fue expresarle mi agrado por la sinceridad y justeza de su ponderación, tan escasa o rara en tratándose de los intelectuales puestos en primera categoría.

Ocupó la posición de Juez de la Suprema Corte de Justicia, en el año 1908, cuando fue instituida por primera vez la Corte de Casación en la República Dominicana.